Carnicería en la Plaza de toros de Badajoz

Publié le par militante

inSurGente (Andrés Sorel).- Habían llegado a Badajoz. Era el 14 de agosto del año 36. La aviación de Franco y la artillería de las tropas marroquíes de Yagüe bombardeaban la ciudad. La única luz de la noche era la provocada por los destellos de las explosiones, por el resplandor de los incendios. A las diez menos cuarto de la mañana siguiente se produjo el aullido del silencio. A la desbandada se precipitan, huyendo de sus casas, cientos de mujeres, milicianos, viejos, niños. Los marroquíes penetran por las puertas de Trinidad y Pilar. Es la 5ª bandera de la legión…



 La 16 Compañía de la 4ª brigada lo hace por la de la Trinidad, a bayoneta calada, reconfortando sus ánimos, estimulando su violencia con el canto de la Legión, que entonan mientras no dejan de disparar sus armas. Por la Puerta de Carros lo hace el 2º Tabor de Tetuán. Son 3.000 los hombres que componen las fuerzas de Yagüe, más los falangistas que en esta ruta de la Plata, cuyo objetivo final es entrar en Madrid, se han sumado a ellas. Consideran Badajoz de alto interés estratégico para conformar la base estable que, con Sevilla, configura el suroeste de España al servicio de las fuerzas nacionales. Por eso la operación ha de ser lo más sangrienta posible. Ningún enemigo ha de quedar vivo en este territorio. Queipo y Yagüe unen sus estrategias a las órdenes de Franco. Y las órdenes son tajantes: han de continuar avanzando sin que ningún enemigo quede a sus espaldas.


Las caries de los dientes de los africanos moros o regulares, las sombras de sus mal rasuradas barbas se iluminan. Es la hora de la caza del ser humano. Los viejos mosquetones están siempre en posición de disparo. Las manos asen con fuerza dagas y cuchillos. Buscan los huidos la salida hacia Elvas, caminos de Portugal. Enrique marcha en la columna de falangistas que entró en la ciudad por la Puerta de la Trinidad. A las siete de la tarde se intensifican los bombardeos. Barren los ojos las calles vecinas, sin alientos de vida. Crujen las botas que patean el empedrado. A veces han de saltar sobre cadáveres abandonados. Se mueven algunas banderas blancas anudadas en balcones y ventanas, telas que contrastan con el riguroso luto de las mujeres que desde las profundidades del miedo los observan con sus ojos opacados. Junto a Enrique y Jorge, conductor del vehículo, viajan dos periodistas franceses y un portugués. Se dirigen a la Comandancia Militar. Yagüe habla con seguridad y firmeza, justificando los fusilamientos que se han producido, los que van a seguir produciéndose. No pueden dejar tras de sí enemigo potencial alguno, insiste. Su destino es Madrid. Y arenga a sus hombres: “Allá lejos está Madrid, legionarios, y allí llegaremos todos, porque para guiar nuestros pasos en la lucha, resucitarán los que aquí cayeron luchando por España”.


El General es un hombre alto, fuerte, de cabellos grises. Le rodean, en círculo, falangistas y guardia mora personal. Las tropas de legionarios a su mando son las encargadas de realizar la limpieza de la ciudad: asesinatos, pillajes, entierros. Enrique contempla cómo las llamas envuelven el teatro López de Ayala, el Hospital Provincial. Ante el olor a carne quemada, a carne humana putrefacta, a carne humana descompuesta, tapona sus narices. Se mezcla el humo blanco, fétido, exhalado de la combustión de los cadáveres, con el espeso, negro, voraz de los edificios. El calor, el aire, provoca desfallecimientos, vértigo en algunos soldados. Decenas de carretillas cargadas de restos humanos se abren paso entre los escombros, hacia las afueras de la ciudad, para que puedan allí ser rociados con gasolina y prendidos, que el cementerio no da abasto para recibir más víctimas. Carretera de Olivenza, dos kilómetros más allá de Badajoz: gentes en las cunetas, heridas, desfallecidas, agotadas. Tabletean las ametralladoras. El humo oscuro asciende voluptuosamente hacia el azul del cielo, donde termina disolviéndose. Se escucha el crujir de los huesos al quemarse, el chisporroteo de las melenas, el derrumbe de los hacinados en la gigantesca pira que forman los cadáveres. La droga dulce se interna en un camino que desciende de los ojos a los testículos provocando un vértigo de arcadas que apaga el brote de las lágrimas. Hacia la calle Ramón Albarán se dirige Enrique, que allí, en el lugar que alberga el Centro Obrero, se ha instalado el cuartel de Falange. Los 3.000 hombres de las banderas del Tercio y Tabor de Regulares van limpiando de enemigos la ciudad. En camionetas, jaraneros de cantos y risas, se apiñan los legionarios. Han impartido órdenes para que no se den excesiva prisa a la hora de retirar los cadáveres de las calles, que quienes todavía permanecen vivos han de presenciar el escarmiento. En el hotel Magestic come Yagüe, bien guardados los pasillos por su guardia pretoriana. Enrique tiene tiempo de ver  cómo en la calle San Juan son fusilados varios hombres en el mismo lugar en que fueron detenidos. Intentaron algunos correr para guarecerse en la catedral. Sobre sus puertas cerradas para impedirles el paso, sobre las escalinatas en que los sorprenden, son ejecutados. La sangre corre por las calles, se coagula en inmensos cuajarones negros sobre las losas, piedras, aceras. Ya suenan los claros clarines. Cientos de civiles son conducidos hacia el festejo. Brazo en alto caminan todos los detenidos, empujados por las culatas de los fusiles. Los llevan a la Plaza de toros del Pilar. Se conoce a quienes, provistos de brazaletes blancos, han sido invitados a asistir a la excepcional corrida, hombres en vez de toros, fusiles en lugar de estoques, para que ocupen las gradas. Los adictos. Los de sangre limpia, azul. Un torero joven, que ya es promesa de futuro gran matador, se suma entre ovaciones al espectáculo. Toros, flamenco, procesiones, España. Se inmoviliza el sol dentro del albero. Entran a trompicones, trastabillando, los detenidos. Miran temblorosos hacia el palco de autoridades. Suena la fanfarria. Se entonan cantos marciales. Los espectadores zahieren con sus gritos a los derrotados. Los legionarios, los marroquíes, ríen con sus bocas desdentadas, con sus cuerpos raquíticos, con sus brazos que otrora estaban destinados a destripar terrones, con sus pollas negras e infladas que se están dando estos últimos días un festín de carne ultrajada, con sus rostros morenos sobre los que se desparraman pequeños rizos pringados de sangre. Los condenados se encuentran en el centro del ruedo, cegados por el sol. La tropa se apresta a disparar. Hombres y mujeres, señoritas o jóvenes adineradas, latifundistas y comerciantes, curas, mendigos, jardineros, chivatos rescatados ocasionalmente para la sagrada causa, se ponen en pie, aplauden entusiásticamente ante el estruendo de las descargas. En el ruedo nadie grita. No se escuchan los rezos, las maldiciones, los llantos, las súplicas, los disparos, los juramentos emitidos, desde las alturas de la plaza. Algunos condenados se derrumban antes de recibir el impacto de los disparos. Las ametralladoras realizan sin pausa, con eficiencia, su labor. Las balas se incrustan en las gargantas, en los testículos, en los cráneos, en los ojos, en las piernas, en los corazones de las víctimas. Tabletean las armas una y otra vez mientras los cuerpos se van desplomando, cayendo mansamente unos encima de otros. Pequeños riachuelos de sangre, no todos absorbidos por la arena de la plaza. Es el 14 de agosto del año 36. Fuera continúa la huida desesperada, inútil. La policía portuguesa detiene a la mayor parte de los que corren intentando esquivar la matanza y los devuelven a las tropas españolas. Los soldados se dispersan por las calles arramblando con cuanto pillan. Como si de haces de leña se tratase, arrojan cuerpos y más cuerpos sobre los camiones. Antes de conducirlos al quemadero les arrebatan relojes, cadenas, medallas, pulseras, dientes de oro. Se abren fosas para acelerar el trabajo y allí, pinchados con una horquilla, se arrojan los cuerpos. Junto a un portal pequeño y oscuro se hacina un grupo de legionarios. Dentro de él una mujer había intentado ocultarse. Descubierta, la violan uno tras otro. Ya ha perdido el conocimiento. Será el último quién le de el tiro de gracia.


Nuevas remesas de hombres se encaminan hacia la plaza. Resuena ahora el vocerío ronco de varios cientos de personas que entonan el himno de la Falange. Las ametralladoras continúan realizando su trabajo. Han dado órdenes de que se interrumpa la faena cuando suene el toque de queda. Yagüe grita: “Juro por Dios que esta ciudad nunca más volverá a ser roja”.


Mi amigo continúa describiendo el espectáculo de aquella Plaza de Toros que no fue filmada por cámara alguna, aquel estremecedor documento al que la imaginación, lejos de poner sordina, intentaba reflejar en toda su espantosa miseria. Difícil conseguirlo. En 1927 escribió el pintor Kirchner: “El pintor reproduce la apariencia de las cosas, no su verdad objetiva; crea nuevas apariencias de las cosas”. Las apariencias que él crea en su relato de aquellos acontecimientos nunca pueden ser la verdad, jamás serán la verdad. Aunque no hubieran pasado tantos años desde aquella maldita jornada que tuvo como escenario la plaza de toros de Badajoz, al día siguiente, al minuto siguiente de que se produjeran los hechos, la memoria selectiva, la autocensura, ya iba borrando de sus protagonistas, los vivos, que los muertos nada pueden argüir, lo acaecido. Realidad, ficción, apariencia, imaginación, ¿qué podemos escribir nosotros, que puede ahora leer el lector, antes de ir al trabajo, cenar, ver la televisión, dormir?. La sangre había abierto un gran charco  en el ruedo, terminaba él escribiendo. Sobre ese ruedo ha caído demasiado sol, sangre de toros allí estoqueados, degollados, fiestas de gentes que vivieron y tal vez estén ya muertas, o que en estos momentos se disponen a presenciar una nueva corrida, para que sigamos insistiendo en un tema que molesta, incluso cabrea, a la ingente masa de consumidores de libros, por el simple hecho de evocarlo.


Salimos de la plaza. A unos cientos de kilómetros de ella, los legionarios revientan con las culatas de sus fusiles a los enfermos y heridos uncidos a las camas de los hospitales de Toledo. Era otra historia. Pero los conformistas dicen: era la guerra y, ya se sabe, la guerra es la guerra. ¡70 años han transcurrido desde aquellos acontecimientos! ¿Es que vale la pena acaso seguir hablando de ellos? (Como si en verdad se hubiera hablado alguna vez, profundamente, en juicio público y en silencio profundo de quienes debieran estremecerse ante semejantes palabras).


Agoniza septiembre. El otoño sombrea la tierra, desprende con los primeros vientos las hojas de los árboles. La Legión, al fin, imperaba sobre España. Y el ejército africano da la razón a Mola: constituyen el bastión de la Cruzada.


Un día, haciendo balance de sus derrotas, Dionisio Ridruejo, otro de los grandes desarmados de la Falange, reconocería: “La única doctrina política acuñada cuando yo aparecí en Salamanca era el caudillismo político, reflejado en el lema ideado por el general Millán Astray que entonces dirigía el servicio de Prensa y Propaganda: “Una Patria, España. Un Caudillo, Franco, que era de inserción obligatoria en la cabecera de todos los periódicos”.



El falangista vencido y desarmado. Andrés Sorel. Rd editores.

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